La enfermedad y el sufrimiento operan en realidad como bendiciones ocultas porque destrozan la complacencia propia de las ficciones que nos hemos creado respecto a nuestra vida y nos obligan a estar presentes en ella. A veces una lesión o enfermedad nos despierta el amor por la vida. Pocas situaciones nos inducen tanto a revisar nuestra vida como hallarnos en peligro de muerte. Muchas personas, y entre ellas nuestros seres queridos, realmente comienzan a vivir y a valorar la vida el día que les diagnostican una enfermedad grave.
Eso fue lo que le ocurrió a Josephine, una mujer encantadora que me contó su estimulante historia hace unos años. Tenia 77 años cuando la conocí y hoy sigue siendo una de las personas más vitales que conozco. Es tal su amor y su vitalidad que los ojos le brillan y da la impresión que resplandece. Su historia comenzó cuando se acercaba a los sesenta años. Los médicos le diagnosticaron un tumor cerebral maligno y le propusieron intervenirla unos días después. Entretanto, la enviaron a casa y le recomendaron descanso. Ella cuenta:
"Esos tres días fueron los peores y al mismo tiempo los mejores de mi vida. Me sentaba en la mecedora del porche de atrás para oír cantar a los pájaros y repasar mi vida. Sabía que de alguna manera mis frecuentes sentimientos de rabia y frustración y todas las veces que había tenido un comportamiento poco amable tenían que ver con lo que ahora me pasaba. Reía y lloraba, y comprendí que los acontecimientos de mi vida que en el momento en que sucedieron me parecíon tan terribles, muchas veces habían sido beneficiosos para mí. Y así es como se me ocurrió pensar que tal vez, eso mismo sucedería con mi tumor".
Llamó a sus familiares y les pidió que la vinieran a ver. Mientras los esperaba, les escribió una carta a cada uno agradeciéndoles todo el amor que le habían demostrado, todos los atentos favores y los muchos regalos que le habían hecho a lo largo de los años. Ellos llegaron un día antes de la operación. Por la mañana, la acompañaron al hospital, se quedaron con ella y le contaron historias y rieron hasta que se acabó la hora de las visitas.
Cuando se hubieron marchado, ella se quedó contemplando las estrellas por la ventana y comenzó a agradecer todo lo bueno que había en su vida. Se sintió tan llena de amor que comenzaron a rodarle lágrimas de gratitud por las mejillas. Recuerda:
"Me sentí totalmente inmersa en el amor, con una paz interior absoluta. Entonces, me pareció ver una luz detrás de mí y me volví para ver qué era; vi algo que me pareció una hermosa joven con el pelo suelto que me sonreía e irradiaba luz. Me dijo que era un ángel, que había sentido mi amor y nenía a asegurarme que todo iría bien; todavía me quedaba muchísimo tiempo para cumplir mi finalidad en la vida. Y añadió: "Recuerda que fue siempre tu amor y agradecimiento lo que te trajo la curación, Josephine. Eres bendecida". Cuando me abrazó cerré los ojos, y cuando volví a abrirlos ya había desaparecido".
Josephine se pasó el resto de la noche totalmente despierta, pensando en lo que le había sucedido y preguntándose cuál sería la finalidad de su vida. Después de meditar un rato sobre lo que realmente le gustaría hacer, comprendió que deseaba ser orientadora o terapeuta, y decidió que empezaría por enviar solicitudes a institutos para hacer realidad su sueño.
Por la mañana, cuando llegaron sus hijos, les dijo que ya no necesitaba operarse y les pidió que la llevaran a casa. El médico le recomendó encarecidamente que no se marchara y que se sometiera a la operación, pero ella insistió. Le prometió que volvería dentro de unos meses para hacerse otro examen y que lo llamaría si tenía algún problema. Y así lo hizo, aunque para entonces ya había recuperado su energía y vitalidad, y cuando los exámenes revelaron que el tumor, que era un poco más pequeño que una pelota de golf, había desaparecido milagrosamente, su médico y su familia lo celebraron con entusiasmo.
Extraído de DAR GRACIAS A LA VIDA del Dr. John F: Demartini Ediciones Urano.


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